A Elena Bernardi

Ep. III/2

V.J.M

Queridísima hija:

                       Tengo el consuelo de darte muy buenas noticias acerca de nuestra querida Teodora.

                      Ella continúa mejorando cada día y aún sigue haciéndolo. Al disminuir la inflamación disminuyó también la fiebre y mañana en el decimocuarto día espero que puedan liberarle el pulso o dejárselo casi libre.

                      Agradezcan al Señor que nos la devolvió, habiéndose, también en esta situación comportado con una virtud tal que fue de edificación para todas, y que también según el Sr. Don Juan Zanetti jamás vio algo parecido.

                       Le aseguro, mi querida hija, que quedamos en deuda con todos estos buenos bergamascos. No puede imaginarse las oraciones que se hicieron por esta hija querida.

                      Algún sacerdote, espontáneamente, celebró por ella; otros la recordaban en la Celebración Eucarística; Mons. Vicario (Celio Passi) que, como tú sabes que siempre un padre para nosotras, estaba muy afligido; en síntesis, si las Hijas de la Caridad quieren morir, no conviene que se queden en Bérgamo, o si no será necesario que el Señor envíe a las Hijas de la Caridad una enfermedad muy grave para no tener el tiempo de suplicarle por la sanación ya que Él no sabe resistirse las oraciones, especialmente a la de os pobres.

                                   Mi salud es suficientemente buena, y las otras compañeras están todas mejor que yo.

                                   La buena Tonina (Milesi) está muy bien y se porta siempre óptimamente.

                                   Y ahora vamos a considerar lo que me escribiste últimamente, hija mía querida. Te hablo con libertad porque sé que no tienes dificultad alguna de que Cristina (Pilotti) se entere.

                                   Con respecto a perdonarte como me pides, puedes estar segura que lo hago siempre y de corazón enseguida.

                                   Pero no puedo negarte que el tierno afecto que siempre sentí por ti desde el momento que Dios dispuso que fueras mi hija, y que sigo sintiendo hasta el día de hoy, me hace sentir en la necesidad de no poder tratarte con esa dulzura que quisiera yo y que vos también quisieras.

                                   El objetivo de mi aflicción no es sólo porque me ocultaste los asuntos de la escuela, sino por el conjunto de cosas, puesto que me veo en el deber de sostener argumentos por los cuales no puedo tener el consuelo de que logren persuadir tu razón o por lo menos logren suavemente tu docilidad, dejándote, si no es posible en la alegría, por lo menos en la paz interior.

                                   Hija mía querida, el Señor te quiere santa y yo también lo deseo, y mi deuda de madre y de madre que te ama es la de formar en vos la santidad, y esta jamás se podrá lograr sin sumisión, obediencia y humildad.

                                   Mi querida Elena, confiemos en la bondad del Señor. El Instituto es de dios y de María Santísima. Las obras del Señor se plantan al revés de las obras humanas. Para estas últimas se necesita ciencia y talento, protecciones y planificaciones. Para las obras del Señor, se necesitan humildad, abandono en Dios, olvido del mundo y despojo universal.

                                He aquí lo que deseo para ti, y espero que el Señor, después de mucho sufrimiento, quiera concedértelo

                                   Entendámonos, por el olvido del mundo no quiero decir que lo estás añorando, esto no, por gracia del Señor, sino que no te preocupes de las habladurías del mundo, ni de las felicitaciones, ni de los reproches y atiendas sólo a santificarte en el ejercicio de la obediencia, de la humildad y de la búsqueda de Dios sólo, confiando que los medios de los cuales se sirven y servirán las personas a quienes el Señor confió el Instituto, sea cual fuere la motivación, serán aquellos que conducirán a buen fin, es decir, siempre según la voluntad de Dios, única meta a la cual debe aspirar no sólo una Esposa del Señor, sino también todo cristiano.

                                   Me dices que te da pena que las compañeras me hayan informado tan negativamente de las escuelas, pero, mi querida hija, y te hablo con el corazón en la mano, tú bien lo sabes que en estos años, en los cuales Dios me puso en Milán  no pasó uno en que, sin necesitar que nadie me comentara nada yo misma veía muy bien las distintas necesidades y circunstancias, como también, ese bien, que el Señor se digna hacer a través de nuestro pobre Instituto.

                        Acerca de muchas cosas hablé también con Mons. Zoppi y a causa de la estrechez de la casa, y por tu salud y también porque, como bien sabías, se postergaba año tras  año para ubicarse en un local adecuado y poder concretar plenamente lo que está en la Regla, él juzgó mejor retrasar todo.

                                   Entonces el año pasado me vi obligada, sobre todo después de la compra de la casa a ir yo misma a Milán y a hacer lo que en este breve período hago y haré

                  No deseo nada más de ti que esto: que escuches tu corazón, y me trates en todo como una hija, así como yo te amo y trato como madre.

                                   Esa confianza que tantas veces me manifestaste, esa sumisión de voluntad que me demostraste en Venecia y Verona, ¿por qué ahora te cuesta tanto en Milán?

                                   Créeme, te lo repito, hija mía querida las amo a todas sincera y cordialmente y no tengo preferencias por esta u otra casa, por gracia.

                                   Conozco muy bien lo que el Señor te concedió hacer para el servicio del Instituto del cual eres hija, como también lo que concedió hacer a las otras hermanas tuyas y porque las conozco mi cuidado consiste  en que las fatigas de cada una sean acompañadas por un ejercicio tal de virtudes a fin de que sean recompensadas con una corona eterna.

                           Si no te amara tanto desearía seguramente por deber tu santificación, pero además, por serme tan querida, lo deseo ardientemente por deber, por interés verdadero y por afecto.

                                   Ánimo, pues, mi querida hija, sé constante en mantener las promesas que me hiciste.

                                   Aunque miserable como soy, no dejaré de orar fervorosamente por ti. Tú hazlo por mí, y ayudémonos a servir a nuestro Padre común, Esposo y Señor y a servirlo con caridad perfecta en este poco tiempo que nos queda para vivir en este valle de lágrimas.

Acepta con el mismo corazón con el cual te escribo estos verdaderos sentimientos míos, olvidando nuestras amarguras pasadas y comenzando de nuevo nuestro antiguo e inmutable entendimiento.

Espero verte dentro de pocos días

Tu afectuosísima Madre

Magdalena, Hija de la Caridad

 

 

A Rosa Dabalá, marzo de 1825

Queridísima hija:

                                   Debo responder a una carta tuya, y a una cartita, mi querida hija. En la primera me parecías muy contenta por la marcha de la casa, y en la última me parece que te encuentras un poco dolorida por la salud de la querida Teodora. Ten coraje querida hija, y estemos atentas únicamente a la Voluntad Divina. Por otra parte, hablándote con el corazón en la mano quiero confirmar cuanto te dije, es decir, que me creas, que la buena marcha de la casa, de costumbre depende de la cultivación que hacemos las superioras de nuestras compañeras. No me digas, mi querida Rosa, que no eres capaz porque no es para nada cierto. Eres muy capaz. Confía en Dios que yo sé bien que Él te da la luz y la asistencia que necesitas. Buenas maneras con todas por igual, que aunque no me lo creas, eres graciosa por naturaleza. No te muestres nunca seria, fría o indiferente a causa de tu cohibición. Más bien, deja pasar alguna costa externa, deja que algún trabajo tenga puntadas largas, y alíviate de alguno de los tantos trabajos que tienes haciéndoles hacer también  a quien no los hace bien como vos; pero cultiva el espíritu de todas las compañeras, y llegarás a ser santa, porque la santificación de las superioras está basada en el tomar la forma de cada temperamento, haciendo morir el nuestro para que todas las compañeras estén contentas, firmes en el servicio de Dios, y para hacerlas avanzar a todas en su camino.

                        Mira qué linda predica sin limosna, que te he hecho por el amor que tengo hacia ti y por el amor que tengo también a la Casa.

Magdalena de Canossa, Hija de la Caridad

 

 

Septiembre, 1820

A doña Bettina

V. J. y M.

Estimadísima y muy querida señora doña Bettina:

                                                                                  Muy desatenta debo parecerle, mi estimadísima doña Bettina y también diría poco correspondiente a tanta bondad, con la cual tan gentilmente quiso participarme su alegría cuanto gustó al Señor conceder la gracia de la erección de la casa de Bérgamo. Pero con toda sinceridad le aseguro que las muchas ocupaciones, a pesar de mi gran deseo de cumplir con usted, me impidieron hasta ahora contestarle.

                                                                                  Tenga la bondad de aceptar ahora mi más distinguido agradecimiento rogándole quiera continuar rezando por nosotros a María Santísima a fin de que podamos corresponder a tantas misericordias. Deseaba mucho escribirle no obstante supiera que lo haría mal y era superfluo, ya que usted tiene quien la asiste y es casi ridículo que yo agregue una palabra.

                                                                                  Sin embargo quería hacerlo para servirle de algún modo y lo haré ahora que encuentro finalmente un momento libre.                                                                                                                    

                                                                              Mi querida señora, entiendo bien, desde cuando me escribe, que se encuentra en un estado muy difícil y de sufrimiento y no puedo negar que no me dé lástima. Pero por otro lado me parece que no debería fomentar sus angustias y descontento reflexionando, pensando y considerando demasiado todo esto.

                                                                El mejor medio para empeñar la caridad del Señor, para abrir el camino hacia un estado más perfecto, a mi parecer, es aquel de abandonarse a la Divina Providencia, esperar con tranquilidad los momentos por Ella determinados y mientras tanto santificarse en la situación presente. Dios quiere de usted un espíritu generoso, mi querida señora, y nos conviene vivir con el espíritu y vida de Fe, no ya con el sentimiento natural. Usted sabe bien cuánto le haya costado el haber sido otra vez demasiado débil.

                                                                        Santa Teresa de otra manera pero por un motivo semejante arriesgó no ser la santa que es. ¿Quién puede asegurarle que de su generosidad actual no dependa su santificación? Cada día tiene su anochecer y con el tiempo pasa la vida tanto de quien goza como de quien sufre y todos, mi querida amiga, entramos en el mar de la Eternidad y nosotros que a menudo, nos encontramos junto al lecho de los moribundos vemos bien claramente y con los hechos la nada de todo aquello que el mundo aprecia exageradamente.

                                                                       Usted dice que comete faltas, que consiente a veces, que no es fiel a sus propósitos.

                                                                       Pero usted en realidad conduce una vida entregada al servicio de Dios; se trata de pequeños sacrificios y es ahí donde usted se encuentra en el camino de la santidad.

                                                                       Me doy cuenta que he hablado demasiado, por caridad perdóneme si he osado tanto. No olvidaré encomendarla al Señor para que la sostenga y la consuele.

                                                           Recuérdeme delante de Dios y llena de la más distinguida estima y cordial cariño permítame que me declare...

 

Falta el final

           (Sin firma y sin fecha. Se trata de un borrador)


 

Ep. III/2, pág. 1014          

A Bedeschi

(1824) V.J. y M.

Queridísima hija:

                           Al fin puedo darme la alegría de comunicarme, con usted, mi querida hija, esté segura, que con el deseo lo hice muchas veces, pero Ud. conoce mis varias ocupaciones, por consiguiente estoy segura, que a éstas, y no a mi corazón atribuirá este atraso.     Mi queridísima Juana, mientras estuve en Bérgamo con mi enferma, me faltaba el tiempo y la secretaria, y después de regreso aquí tuve necesidad nuevamente de hacerme extraer sangre, debiéndole confesar haberme afligido mucho por temor de perder a la querida Teodora, de la cual usted también conoce sus virtudes y sus cualidades.  Basta, agradezcamos al Señor, que ha querido dejarla para trabajar todavía por Él, y ahora hablemos de Ud., mi querida hija.

                               Supe con mucho gusto de su feliz regreso con su familia, pero no me sorprende el cordial recibimiento que le hicieron, teniendo usted la hermosa suerte de tener padres y hermanos llenos de méritos, todos empeñados por tu bien espiritual y temporal.

Todo mi deseo mi querida Juana, es que te conserves toda de Dios.  No es necesario ser Hija de la Caridad para santificarse, sino que es necesario santificarse para salvarse.

Ya entiendes que no hablo de la santificación de los altares sino de aquella que conforma plenamente nuestra vida con los principios del Santo

Evangelio que profesamos. Yo conozco bien tu buen corazón y también como conoces la virtud, pero por caridad, mi querida Juana, el objeto primero sea siempre Dios, perdamos todo, disgustemos a todos, pero no perdamos a Dios.  Si hasta el primer día de Cuaresma pudiera tenerte encerrada en el carruaje que utilizo en el viaje, quisiera ir, abrir y saludarte cada cuarto de hora y después encerrarte de nuevo.

Sinceramente te confieso un sincerocariño, y estoy, casi diría, convencida de verte un día en el paraíso con una hermosa corona y ya para mi Juana no veo otra cosa, o una gran santa a fuerza de superarse a si misma, sus costumbres y los respetos humanos, y continuar conservándose fiel y unida verdaderamente a Dios, o verdaderamente ... No quisiera aburrirte con decirte demasiadas cosas, que no son ni siquiera un principio de aquellas que mi corazón quisiera decirte, ya lo sabes, te tengo unida a nosotras, con tal que estés unida a Dios.

Cualquiera sean las disposiciones presentes y futuras de Dios sobre ti, no he deseado, ni deseo otra cosa que verte santa, y diré también que lo espero, siendo que tu resolución por salir de la Religión fue fruto de la oración.

                                    Te recomiendo las siete Ave Marías cada día a Maria Santísima Dolorosa.  Te recomiendo encarecidamente, no diré la modestia que de ésta no dudo, sino la sobriedad cristiana en tu vestuario y tu modo de vestir.  Te recomiendo no dejar pasar un día sin pensar al menos un cuarto de hora en aquel punto inevitable, que es la muerte, en el cual comprenderemos claramente qué es el mundo, qué son todas las diversiones e igualmente cuánto vale el haber llevado la cruz, y haber estado siempre unidas a Dios.

                                    Yo recuerdo tus promesas de querer ser útil espiritualmente a las jóvenes que están a tu servicio, y querer en tu estado dar gloria al Señor en la Doctrina cristiana, y en aquellas circunstancias que Dios quisiera presentarte en tu familia.

                                    Por amor perdóname, mi querida hija, si te digo tantas cosas, pero es culpa de tu bondad, que unida al deseo de tu verdadero bien, me da coraje.

   Te hago llegar el saludo de todas, como los agradecimientos de la querida Angelina,(1) de las compañeras de aquí a las que escribiste.  Siendo ésta tan larga servirá de respuesta de todas.  Las mismas rezarán por ti, pero recuérdate también de nosotras, de mí en particular cuando vayas a encontrar aquel querido Tesoro en su Santuario(2), quiero decir, ya me entiendes, cuando vas frente a Maria Santísima.  No te separes nunca de sus pies, y recuérdate, recuérdate, con esto ya nos entendemos.  Cuando me escribas me dirás como distribuyes tus horas.  Temo siempre entrometerme demasiado, pero el amor que tengo por ti me permite decirte todo esto.

Acuérdate de la hermosa carta que escribiste el año pasado a tu hermana en ocasión del carnaval.  Es inútil que te lo diga porque sé que por tu buen temperamento nunca te rehusarías, sobre todo si te lo pide alguien que amas.

Te ruego por las tantas y variadas obligaciones hacia tu dignísima familia, en particular a tus señores padres.  No le contesté a tu padre la carta que trajo tu hermano cuando vino a buscarte habiéndola recibido tardísimo y si no me equivoco después de tu partida. Y ya que mi Elena le había escrito no quise molestarle nuevamente.  Por otro lado te aviso que hice llevar a Bérgamo el resto de tu ropa que dejaste en Verona para lavar y que todo aquello que dejaste está todo en Bérgamo.

Termino de escribirte mi querida hija, pero no terminará de amarte siempre que tú ames al Señor.  Te abrazo tiernamente y te dejo para siempre en el Corazón Santísimo de María.

Cuando veas a la digna Señora Cecilia della Croce(3) te ruego la saludes, cuanto antes con gusto le escribiré.  Nuestra buena Rosa(4) continúa siempre bien.

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(1)     Bragato (I, pág. 529)

(2)     El Santuario de la Virgen de Tirano.

(3)     Sra.  Cecilia della Croce, madre de Rosa (cfr. seg.)

(4)     Rosa della Croce nacida en Tirano en 1804, fallecida en Venecia en 1831.

 

“... venga con cualquier (hermana) que para mí son todas queridas, pero usted vea de traerse una de su mayor confianza. Sé bien que usted necesita un poco de respiro y de quietud, por lo tanto quisiera que tomara aquella compañera de la cual pueda servirse con libertad para su ayuda, pero también una que no le dé preocupaciones.

Quisiera que viniera aquí para estar un poco tranquila (Bérgamo).  Ya no se angustie que cuando verá la necesidad de volver a Milán le prometo que la dejaré partir, pero ud. busque dejar las cosas dispuestas de tal manera que si le hiciera bien y se sintiera respirar estando aquí, puede quedarse tranquilamente.”

( a E. Bernardi, 26.10.1823, Ep. III/ 1, 701)

“...Cuanto a las Reglas, mi querida hija, conozco plenamente su corazón, que por su caridad, diría, que es demasiado grande.  Tome, pues, las cosas con tranquilidad, pero no se canse demasiado, y poco a poco vaya escribiéndolas porque si no estarán escritas en un año lo serán en otro, y a mí me preocupa que su salud no tenga que resentirlo.”

( a E.Bernardi, 12.1.1828, Ep.III/3, 1811)

“... Yo conozco bastante la caridad que tiene con todas y no tengo la menor duda, pero te recomiendo que (Rosina Masina) se nutra de alimentos buenos y sustanciosos; hacer que coma poco pero también fuera de las comidas.  Mira si está bien tapada, particularmente el estómago.  También le recomiendo a ud. que se cuide, que se quede en cama lo que necesita, atenta a la tos porque ya sabe que no tiene que cansarse- en fin de su parte haga todo lo posible para sanarse.”

( a D, Faccioli, l9.1.1828, Ep. III/ 3, 1814

 

«,,mí querida hija, yo deseo que me digas con simplicidad, sinceridad y franqueza lo que tú te sientes de hacer Sé que me oirás que estás preparada para hacer lo que disponga la obediencia sobre vos, pero en este momento no es esto lo que quiero de vos; quiero que me escribas sí estás contenta o no de estar allá (en Bérgamo); en fin, quiero que me (digas bien lo que piensas y entonces yo también podré tomar decisiones delante del Señor para el bien de tu alma y juntamente de todo el Instituto.  "

(a G. Ferrario,?  Ep. III/5, p. 3787)

 

“...mi queridísima Rosa, tú me has amado siempre y yo también te he tenido y te tengo como a mi  hija queridísima, ¿por qué te cierras en tus angustias interiores y me dejas en el doble dolor:  el de saber que estás afligida por la pérdida que tememos (superiora Cocchígnoní grave) y el de no poder ayudarte, ni  sostener, ni aconsejar por ignorar el motivo por el cual estás tan angustiada?... Tú me hablas del Instituto en general, de esa Casa en particular, pero no te explicas.  Mi queridísima  hija, el Instituto es de Dios y de María Santísima, no nos alejemos de sus pies y, aunque tengamos en contra a todo el infierno, nadie podrá hacernos daño.

Tranquila y date fuerza: tenemos a María como Madre, pero no abandones la oración. Recuerda que todos las Hijas de la Caridad son una sola familia y Dios sabe en cuántos Casas me puedes ayudar.”

(a R. Polli, 18/05/1833, Ep. III/5, p. 3363)

  «... Espero que estés cada vez mejor, pero procura cuidarte

puedas, sin dar tanta importancia a lo que tienes que hacer,

porque ahora tu deber es que te cuides.  Haz que haga la vice

(Rosa Dabalá) lo que hubieras tenido que hacer si estuvieras

bien y tranquila.”'

(a A. Bragato, 22/O6/1829, Ep. III/3, p. 2150)

Ahora quiero que me respondas realmente, como hija que siempre fuiste y eres, con toda sinceridad, franqueza y por el amor que sienes a nuestro instituto, me digas si realmente hace falta que quedes en la casa de Trento, y, si nombrando superiora a Magdalena (Sughi) o a Gioppi, en la Casa se arreglarían sin ti, y si te parece que no puedes salir bien, y es necesario que te quedes allí, dime si te afecta mucho privarte de Magdalena, porque como tú sabes tengo tres nuevas fundaciones el próximo abril, caduca la elección de la superiora en Bérgamo, Verona también y me encuentro sin hermanas, Te dije de Bérgamo: éste es el séptimo año, no puedo más dejarla y no sé a quien elegir.  Te pido que me escribas un renglón, y no te canses, porque con dos palabras ya entiendo todo; a Magdalena no la necesito enseguida, me basta de aquí a un mes aproximadamente."

 (a A. Bragato, 01/02/1835, Ep. III/ 5, p.3845)

...en lo que puede ayudarle escríbame con toda libertad, cuando las siento "tranquilas  a ustedes, yo también lo estoy, pero si supiera que no me dices las cosas para no afligirme, no tendría más quietud.  Hábleme claro pues; coraje y ruegue a María Santísima”'

(a R. Polli 2210511833, Ep.1111 5, p. 3367)